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Nuestra escucha nos revela, nuestro preguntar nos muestra. En ocasiones hablamos para escuchar, y en otras, las más, hablamos para ser escuchados. El balance entre proponer y escuchar dice mucho de nuestra manera de ver, entender, relacionar. En otras ocasiones, hablamos para hacer como si escuchamos.

En un ejercicio de Feedback reciente, hacíamos una actividad de reflexión acerca de desafíos personales, durante el ejercicio emergió un desafío en particular, que representa una aparente paradoja que he escuchado con alguna frecuencia. Le digo aparente porque en no pocas ocasiones la vida es un poco más que elegir entre blanco o negro, entre “A” y “B”. El desafío se enunciaba más o menos así “ser más consciente de esas ocasiones en que en nombre de ser firme termino actuando o luciendo como alguien muy rígido” decía este ejecutivo.

¿De a qué viene el desafío realmente?, ¿será uno de suma cero de blanco o negro?, ¿será de forma o será de fondo?, ¿si es de fondo, de qué clase de fondo hablamos? Al parecer no es de ser flexible o dejar de serlo, o evitar ser firme. He conocido personas que desde el miedo a lucir de una forma terminan siendo completamente inefectivos, o dejando de ser toda la contribución que pueden ser para los equipos y sistemas.

Más, antes de ir a la motivación o foco, quisiera moverme al curso que ha seguido la conversación. El camino de la forma. El ejecutivo en cuestión manifestó que “quizás es que pienso demasiado rápido, y lo digo de una forma que suena muy contundente quizás. De pronto, si doy espacio al otro para que plantee su punto de vista, o bien, si le doy más evidencia de que he tomado en cuenta su punto vista pueda verse incluido en lo que yo le propongo”. Ahora bien, si preguntamos ¿para qué harías eso?, y la respuesta fue, “para que la persona vea que si le considere su mirada o su posición”. Pregunto al lector o a quien escucha ¿qué lees en esa respuesta?

Más, la conversa tomo otro curso al momento de interpelar al ejecutivo ¿pero dígame una cosa si ya has tomado la decisión, con que objeto abrirte a la escucha del otro?, acaso ¿para lucir más empático?, si de todas maneras no vas a incluir lo que dice el otro ¿cómo lucirías si actúas como si realmente hay posibilidad de incluir al otro?

Y la conversación siguió, “y si cambio las palabras, o bien, si primero escucho…” ¿qué es lo peor que puede pasar si escuchas?, ¿qué es lo que perderías o está en juego?, ¿qué eso tan estructurado y elaborado no se ejecute?, y si ¿hay algo de valor en lo que se escucha? El ejecutivo utilizó un cartucho adicional “pero es que podría pasar que lo que me propongan o piensen no sea lo correcto según la norma”. No fue necesario hacer la pregunta, el ejecutivo es lo suficientemente recursivo para decir que “quizás sea posible encontrar un camino que incluya al otro en la construcción de una solución que sea empresarialmente idónea y formalmente correcta”.

Esa conclusión supone algo más que forma, algo más que lucir empático, algo más que primero escuchas para que el otro “se sienta” incluido, es algo que tiene que ver con fondo, con la intención, con verdaderamente tener la intención no solo de incluir al otro, sino de obtener aquel camino más favorable para el sistema mayor.

¿Adonde está puesto el foco cuando en nombre de resolver pienso por el otro, armo una solución y la propongo con una contundencia tal que no da lugar a mayor participación del tercero, sea éste un par, un reporte directo?

Hay tantas respuestas como personas, más, deseo referirme a dos miradas que me vienen a la mente en este contexto. Uno relativo a la doble apertura de la escucha, y, el otro, al triangulo del drama.

Respecto a la escucha, vivo convencido que escuchar es cosa de valientes, y demanda de toda la valentía que viene con la humildad. Escuchar supone, remembrando a mi maestro Rafael Echeverría, por un lado, asomarse al mundo del otro, por un momento darse la chance de mirar desde mi ventana aquello que creo hay en el mundo del otro, lo que implica conferirle valor. Y por otro, arriesgarse a ser contaminado por la mirada del otro, dejándonos influenciar por su particular observador. Esta doble apertura es la que sostiene al observador de enfoque múltiple, ese que se sabe poseedor de una “verdad” particular y desde el reconocimiento de las otras verdades, se enfoca en crear mundos junto a los otros más que en tener la razón, ya que la verdad no es algo que este en juego.

Pensando en el triángulo del drama, el moverse de inmediato a construir una solución, proponerla sin darse la posibilidad de incluir al otro, hace relación a un comportamiento reactivo, en nombre de resolver, y en efecto ahí está su foco en resolver situaciones, arreglar cosas, hacer lo que si considera correcto porque lo otro no es correcto. Si se tiene el foco en corregir más que en diseñar, en arreglar más que en construir, la mera posibilidad de detenerse a dar más contexto, imaginar posibilidades no es conveniente. Cualquier amago a demorar en resolver genera más ansiedad, y más temor por la consecuencia de no hacerlo a tiempo, de ahí que el no escuchar deviene de la orientación de la víctima, de la mirada puesta en “salir del asunto”, “resolver el tema”. Más, ¿qué sucedería si la mirada está puesta en construir soluciones que se sostengan en el tiempo y desarrollen organización?, seguramente eso genera un estado interno de posibilidad, que puede llevar a una escucha más generosa, en la que nos corramos el riesgo de ser contaminados.

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Acerca del autor: Francisco Villalta

Francisco Villalta es coach, conferencista y autor. Ha acompañado a miles de personas en los últimos 15 años en el proceso de desarrollo personal y en el camino de alcanzar sus metas y concretar sus proyectos más importantes. [Saber más]

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