Cultiva tu propia luz, cultiva tu propia rosa

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La “rosa” de mi amado pequeño príncipe sabía nada más ser una rosa. Poseer espinas o ser espina, o que la espina suponga ser una rosa no era asunto para ella. Simplemente era, ¿acaso habría otra manera de recibir el amor y cuidado de El Principito? Pretender ser algo diferente a una rosa ni siquiera existía como posibilidad.

Más, ¿acaso el pequeño príncipe quería que su flor fuese algo diferente?, ¿qué es aquello que lees en las palabras del pequeño cuando habla de su flor?, algunos dirían vanidad, otra arrogancia, otros quizás desconsideración; más, lo que dice la rosa tiene que ver con que es “la Rosa” y no otra cosa o ser.

Esta flor amada huele a rosa, luce como rosa, posee pétalos de rosa; como la rosa se ve afectada por los vientos más fuertes, amenazada por alimañas que desean competir por espacio; como rosa deleita con su olor, sin pretenderlo, corriendo el riesgo de que alguien no pueda con tal olor y la alergia le aleje, como una fuerte luz puede encandilar a aquel que no ve más allá de su propia oscuridad.

No en todo jardín podemos encontrar rosas; en otros hay claveles, geranios, margaritas; nos encontramos además con flores silvestres, con toda suerte de colores y fragancias. Más, ¿acaso esas otras flores compiten con la rosa?, ¿acaso la rosa pretende regalarnos más fragancia que otra flor?, ¿acaso la rosa hace indigna a otra flor?

Puede ser que, al leer las páginas de este maravilloso libro, tengas la sensación de no desear cuidar a esa vanidosa flor; más, eso tiene que ver muy poco con la rosa, y mucho con aquel que en la flor ve otra cosa.

No podemos lidiar con aquello que no distinguimos, más, qué fácil resulta criticar el olor de esa flor, la luz de ese lucero, la presencia que evito, aquello que no puedo.

El piloto habló al pequeño en muchas ocasiones de las estrellas, por ejemplo, le dijo que ese lucero que al principito encantaba, y que hacía iluminar su rostro, tenía que ver mucho con la luz del pequeño, con su asombro, con su curioso y vulnerable corazón. Mientras en otras latitudes, en otros lares, esa misma luz encandilaba a otros, incapaces de celebrar, disfrutar y aprovechar la luz de tan maravilloso lucero.

El principito no comprendía, no podía entender como el mismo lucero podía hacer cosas tan diferentes. Más, de pronto pensó en su rosa y las cosas adquirieron sentido. Al igual que su rosa que no puede ser más que rosa, y cuyo aroma, cuyas espinas son amadas por él… igual pueden ser aborrecidas por otros. Lo mismo pasa con el lucero y su luz, aquello que pasa con los otros poco tiene que ver con el lucero y sí mucho con aquel que se permite apreciar su luz.

Linda semana y que la luz, bendiciones y lo maravilloso de tu ser y presencia ilumine todos los espacios que habitas.

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Acerca del autor: Francisco Villalta

Francisco Villalta es coach, conferencista y autor. Ha acompañado a miles de personas en los últimos 15 años en el proceso de desarrollo personal y en el camino de alcanzar sus metas y concretar sus proyectos más importantes. [Saber más]

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