El último baile el baile de despedida.

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Viernes casi las diez de la noche, la tensión se respira en el aire, de pronto una dama toma el micrófono e indica que antes de proseguir, dos equipos tendrán que ir a desempate porque al parecer están igualados en puntos y han de dirimir la competencia con un baile de desempate.

La situación la viví como padre de una adolescente en el contexto de su show de talentos. En esta ocasión el equipo del colegio de mi hija, del que ella es parte, había quedado empatado en puntos (al parecer) con un colegio visitante. En ese escenario, según reglas que sabían las chicas locales, corresponde hacer un baile de desempate, mismo que el equipo de mi hija tenía preparado.

Hecho el anuncio empezaron los movimientos en ambos equipos, por un lado las locales se reunían, buscaban a los integrantes que hacían el desempate y lo habían ensayado y solamente esperaban ser convocados. Más, algo particular sucedía, el grupo visitante mostraba una especia de ansiedad, el entrenador del equipo iba y venía con cara de “ahora que hacemos”, los chicos le seguían, las chicas veían a los chicos y a su entrenador. Éste último subía a conversar con los jueces y organizadores, volvía con los chicos, hablaba con las personas de sonido. Y a todo esto, el público hacía todo tipo de cosas, unos se interesaban en dar seguimiento a ese circo, otros comían, otros miraban su teléfono, y otros, otros miraban todo eso que pasaba.

De pronto la presentadora entrega el micrófono a una miembro del jurado que con rostro grave da el anuncio, resulta que el colegio visitante no ha preparado un baile de desempate, y, por tanto, no tiene como desempatar por lo mismo el ganador es el equipo local. Un aire extraño se apodera de la sala, aparecen todo tipo de expresiones, algunas apuntando a lo “injusto” de la decisión, que así no sabe bien ganar, que quien sabe si el otro equipo tuviese coreografía; otros señalan lo correcto el fallo, desde un aire de superioridad “quien los tiene de vagos, de irresponsables, eso les pasa por no estar listos”, con lo que celebran al que perdió y no al que estaba listo

Otros se piensan “pero que clase de entrenador es ese, con lo bien que bailaban los chicos, el escogía a un par de estos y que improvisen, seguro podrían hacerlo muy bien”. Diversas posibilidades, más ¿qué estaba en juego? ¿qué se aprendió en ese día?.

¿Qué impidió que el entrenador del equipo visitante saliera a improvisar? ¿qué lección quería dar a sus muchachos? ¿qué hacía que algunos pusieran más atención al “error” del otro que al mismo merito de las locales que se habían preparado?. La orientación de la víctima aparece claramente representada por sus tres voces: víctima, perseguidor, rescatador.

Por un lado aparece la víctima en diversas tonalidades. La víctima que desde el resentimiento dice cosas como “claro como son los locales, ya los viera en otro lugar”, es una victima con trazos de perseguidor. También está la víctima dolosa, esa que se refiere a la injusticia de las cosas, “no ven lo que hemos hecho, no valoran nuestro trabajo”, cuando eso no es lo que está en juego. Y es claro, la víctima se declara impotente, las cosas le pasan a el o ella, el sistema, los grupos, las instituciones, la vida actúa de manera recurrente contra ellos.

También está la voz del perseguidor. Esa voz que se tiene de enojo en dirección al jurado, a los organizadores, incluso a los perdedores con frases del tipo “ven, eso pasa por no estar listos, el triunfo es para los responsables” la mala noticia es que no lo hacen reconociendo al ganador, sino que para restregarlo al que en esta ocasión no había hecho su tarea. También está es otra voz perseguidora que espera revancha en otra competencia, del tipo “ya verán”, o bien, que desde un juicio descalificador señala “quien sabe si hubieran ganado con ese otro grupo haciendo desempate”, como si el camino al infierno no estuviese empedrado de bloquecitos de “hubiera, habría, querría”.

También están las palabras del rescatador, esas que pretenden curar las heridas del desvalido sin darle espacio a la tristeza, esa que es necesaria para evaluar la experiencia y aprender. Son frases como “pobrecito de ellos, merecían ganar”, “quizás si hubieran tenido la oportunidad”, o esa otra que surge en nombre de “la justicia”: “lo justo habría sido que ganarán los dos, uno como visita y otro como local”.

Y a todo esto ¿qué hay con los ganadores? ¿acaso no tiene sentido reconocer el trabajo previo del equipo ganador? ¿qué hicieron bien? Trabajaron de manera consistente durante mucho tiempo, se ciñeron a lo establecido y estaban preparados para ir a desempate, sometiéndose al juicio del jurado, mismo que les podía dar como ganadores o no. La suerte le sonríe a los que están preparados decía Lord Admunsen; y, en este caso el equipo obtuvo un verdicto para el cual estaban preparadas. Nunca sabremos que habría pasado si, pasa que la vida se hace desde las acciones emprendidas más desde aquellas posibles que quedaron en ofertas.

¿En quien eliges convertirte cuando emerge la tormenta? ¿victima o protagonista? Vos elegís.

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Acerca del autor: Francisco Villalta

Francisco Villalta es coach, conferencista y autor. Ha acompañado a miles de personas en los últimos 15 años en el proceso de desarrollo personal y en el camino de alcanzar sus metas y concretar sus proyectos más importantes. [Saber más]

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