Solamente quien hace puede fallar…

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Ella quería saber cual era el siguiente paso, parecía que al saberlo era capaz de vencer aquello que aún no llegaba, pero que de alguna forma su ansiedad ya habitaba…

…ella pretendía, retener entre sus notas la magia de esos instantes en que era más que espectadora, en que era parte del juego, en que más que una escribana jugaba a protagonista…

…ella preguntaba, disfrazaba de preguntas lo que de verdad anhelaba, disfrazaba el miedo de “porqués” quería que la “verdad”, esa entrecomillada, le cubriese de momento, que con estructura llegara…

…ella se soñaba, y a cada segundo que lo hacía, en el presente no habitaba…

En mi oficio de mentor tengo el privilegio de acompañar a extraordinarios seres humanos en su camino de desarrollar competencias, capacidades de acción, de alguna forma poder. En ciertas ocasiones, la petición del mentee, o del participante de los programas, se viste de estructura o método, y si bien ello (el cómo) es relevante, la pregunta del método es el disfraz de un “no me lo creo”, o bien, de una desmedida ansiedad por quererlo todo ya, por tener certeza de que su capacidad de hacer se verá completa como resultado de seguir una receta. En esas circunstancias me pregunto acerca de lo que realmente desea responderse la persona, sobre todo, cuando luego de satisfacer una inquietud de método o de proceso, minutos después aparece una nueva consulta con otro tema…pero el mismo tema, es decir, la misma necesidad…esa que gatilla, a veces, que personas plenamente recursivas amarren sus manos, detengan su capacidad generativa, y apaguen sus luces para que alguien les diga, les de, resuelva por ellos.

¿Sonó un poco extremo? Lo he visto. Dos personas con perfil profesional muy parecido, mismos estudios, tipo de trabajo semejante, tipo de clientes similares, formación en la misma escuela de negocios o coaching, y una de estas inmediatamente luego del proceso de formación va, ejecuta, pregunta desde el hacer, construye con el cliente, propone, hace que sucedan cosas… y, por el otro lado, la otra persona queda inmovilizada hasta saber “cómo debe darse el otro paso”, necesita tener claridad sobre el camino, que le cuenten como se ha hecho otras veces, que le den ejemplos de que decir, que le compartan un script de una conversación.

¿Y lo mencionado está mal? En absoluto. Existen diversos estilos de aprendizaje, algunas personas aprenden haciendo, otras viendo, algunas otras desde la comprensión de la metodología o una estructura. El asunto no pasa por ahí, el asunto pasa por como en dos personas que inclusive comparten el mismo estilo de aprendizaje, una de estas conecta con su saber y experticia, elige lanzarse y hacer, decidida a aprender en el camino, con la confianza puesta en lo que ya sabe, en lo que ya es, más que en lo que aún no sabe, o en lo que aún no ha hecho. Una de estas personas tiene su mirada en sus recursos, y la confianza en su capacidad de aprender y apelar a su recursividad; la otra, teme, teme fallar, teme hacerlo de la manera incorrecta, y el miedo a fallar es mayor a la confianza en si, en sus recursos y posibilidades… así sea que tiene los mismos que la otra persona.

Y no estoy hablando de atrevimiento, no. Una cosa es la habilidad para responder, y si el desafío es más grande que tu habilidad para responderlo, tomarlo será imprudencia. Me refiero que disponiendo del “saber como”, de los mismos conocimientos y entrenamiento que otra persona, siendo de la misma escuela y estilo de aprendizaje, uno lo hace y otro no. ¿en qué momento disfrazo el miedo a fallar con necesidad de estructura?, ¿qué gano cuando apago mis recursos en espera de que la iluminación y el saber provenga de afuera, de otro? ¿cuál es el beneficio invisible de mantenerme como el estudiante permanente, diferente al aprendiz virtuoso?.

Soy padre desde hace 16 años, y me sorprendo cada nuevo día con que mucha cosas que hasta el día anterior habían sido relevantes y pertinentes, de pronto en este nuevo día, en la realidad emergente de la relación con mi amada hija, ya no funcionan. De pronto me veo sin la respuesta “idónea” o la “frase perfecta”, en cuestión de minutos puedo pasar de saber a ser un inútil frente a eso que mi hija me presenta, y ante lo que yo, desde mis miedos, mis creencias, mi historia creería que debo responder de la manera correcta. En ese momento, puedo elegir el camino del miedo o el camino del amor; ambos implican consecuencias, acción o no acción. Desde el camino del amor, abrazado a la confianza apelo a lo que ya hay, que supone estar presente, al servicio de algo más grande que mi miedo a no saber, que mi miedo a fallar, que mi profunda necesidad de certeza. Ahí no hay método que emerja perfecto, no hay receta que salve el día.

En esa situación estar presente hará posible que suceda algo al servicio de lo que ahí emerge, así no sea perfecto, Mas, cada minuto que le dedico a darle fuerza al temor a fallar, a la necesidad de perfección, a la palabra correcta, es un minuto que se lo niego a la presencia atenta, a la conexión con los recursos que ya tengo, al ser humano que estoy siendo, y alimento la imagen de eso que haré o seré capaz de hacer cuando sepa todo lo que necesito.

Te invito a conectar contigo, revisar tu historia de aprendizajes, localizar tus momentos de grandeza y cómo lo has logrado, identificar esos días en que frente al no saber, le has dado oportunidad a la vida de descubrir todo aquello que ya había en ti.

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Acerca del autor: Francisco Villalta

Francisco Villalta es coach, conferencista y autor. Ha acompañado a miles de personas en los últimos 15 años en el proceso de desarrollo personal y en el camino de alcanzar sus metas y concretar sus proyectos más importantes. [Saber más]

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