Y volar volar tan lejos

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En alguna ocasión me referí a la historia del vuelo de Ícaro. En esta historia, Ícaro paga caro su deseo de ir más allá, de volar hacia el sol, como dice la canción “y volar volar tan lejos”.

A manera muy resumida, Ícaro y su padre Dédalo habían sido confinados al punto más alto dentro del laberinto del Minotauro, cono consecuencia de una falta de Dédalo. En este punto sin puerta de salida, Ícaro y su padre pasaban las horas imaginando maneras de abandonar su encierro, como en ocasiones nos sucede en algún momento de nuestra vida. Hasta que se les ocurrio volar como las aves; para ello, se tomaron un tiempo diseñando y construyendo las alas, investigando la dirección de los vientos, la humedad y demás condiciones que afectasen al vuelo.

Llegado el momento, Ícaro y su padre partieron. Ícaro estaba advertido de los peligros de volar muy bajo y que las alas se viesen afectadas por la humedad; y evitar mucha altura porque el calor del sol podía derretir la cera con que habían pegado las alas, hechas de plumas de las aves que les visitaban en la torre.

Y ahí comienza la tragedia de Ícaro que quiso volar como el aire libre, pero eso dice la canción eso es imposible. Frente al encanto y magia de la luz del sol, se vio asimismo alcanzándolo … para mala suerte de nuestro personaje, según la historia la cera se ha derretido, las alas deshecho y se ha precipitado al océano, muriendo en el intento.

Yo tengo una interpretación alternativa.

Para mi, Ícaro experimentó el mejor momento de su vida, fueron minutos de gloria y plenitud; nunca en su vida tuvo la posibilidad de desafiar todos los “no debes”, todos los “tienes que”; tuvo oportunidad de desafiar su vida controlada, esa diseñada a la medida de su padre, desde su protección y guía. Por un momento Ícaro fue protagonista, con los riesgos que ello implica, ya que todo intento de vida entraña la posibilidad de muerte.

Ícaro parecía precipitarse a mayor velocidad, contemplaba asombrado y con sus enormes ojos la danza trepidante de las plumas que ahora parecían adornar su vuelo; su cabellera que había crecido considerablemente en el cautiverio, parecía un trigal sacudido por el viento; se sentía abrazado, su rostro era de gozo y fascinación más que de terror frente a una horrible muerte… de pronto el silencio se hizo.

Y en el transcurso de la caída, segundos en el mundo humano y sin parámetros en el mundo divino, Dionisos (dios del desenfreno, la pasión, el emocionar, la danza) disputaba un debate con su hermano Apolo (tensión, rigor, perfección), ante Zeus exponía el caso de Ícaro. Apolo alegaba que la muerte era lo que correspondía a Ícaro por su atrevimiento, no era correcto lo que había hecho, desafiar al mismo Zeus yendo al sol, pretender ver la cara de dios, eso era inédito, no posible. Mas, Dionisos se sabía cómplice de su padre, sabia del cariño que le tenía Poseidón, y como encantador apasionado, aprovechaba cada inhalación de Zeus y queja de Apolo para prolongar y atenuar a caída de Ícaro. Dionisos sabia que era imposible ganar en un debate a Apolo, en el marco de lo correcto no había más corrección que el mismo Apolo ¿qué recurso le quedaba? el juego, la danza, el vino, la vacilación, el amor como recurso, la vulnerabilidad como artilugio que Apolo era incapaz de comprender.

Dionisos habló del amor, del amor a la vida, del amor a la piel, del amor hecho piel; Dionisos habló danzando, danzó su nacimiento, danzó la obediencia de Ícaro a su padre, danzó los miedos engendrados en nombre de lo correcto, danzó la vida y la muerte, danzó la posibilidad, danzó algo no entendible para Apolo: la duda.

Dionisos mostró su encanto, su fascinación por aquel que era capaz de en nombre dela vida morir, mostró a Apoló la necesidad de Ícaro como un recurso para valorar la luz y la sombra; Dionisos retó a Apolo, ¿acaso el hijo ha de pagar los pecados del padre? le dijo a Apolo, ¿acaso tu Apolo, el excelso, el correcto, el que no se permite un cabello suelto, un mal pensar, haz de pagar los desvaríos de nuestro padre? ¿acaso la muerte de Ícaro te acerca más a la vida… o te hace el representante de la muerte?

Apolo no fue capaz de responder, dudó, y la duda es terreno fértil para Dionisos. Como los tiempos de los dioses son distintos, Dionisos imploró a su antiguo protector Neptuno que acogiera con dulzura a Ícaro en su caída, con su flauta convocó a las sirenas para que tejiesen con sus cabellos la más bella y suave red que amortiguase la caída.

Dionisos llegó al rescate de Ícaro, no porque se viese reflejado en éste; para Dionisos, Ícaro es la maravillosa complejidad de luz / sombra, blanco/negro, es la misma ausencia de paradojas, y la incomprensible integralidad; Ícaro es Dionisos…si pero es también Apolo, y solamente el mismo Dionisos sería capaz de dar cuenta de su incompletitud sin aquello que representa Apolo.

Te invito a permitir que emerjan tanto tu luz como tu sombra, y ser capaz de alzar vuelo como Ícaro, porque no hay nada más cercano a la muerte que el miedo a la vida.

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Acerca del autor: Francisco Villalta

Francisco Villalta es coach, conferencista y autor. Ha acompañado a miles de personas en los últimos 15 años en el proceso de desarrollo personal y en el camino de alcanzar sus metas y concretar sus proyectos más importantes. [Saber más]

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